Ya tenía un mes de haberme cambiado de casa y le había prometido a mis hijas que, como íbamos a tener una casa más grande, compraríamos un perro. Ya habíamos tenido una experiencia anterior, con una perra que nos trajeron los reyes cuando vivíamos en Guadalajara pero no nos había ido muy bien. Al parecer no pudimos enseñarle los principios básicos, porque desde el primer día tomó la sala como su baño personal y por más que quisimos no pudimos hacerla desistir de su elección. Esta perra se nos fue un buen día, siguiendo a un perro y nunca la volvimos a ver (era una perra). Por esta circunstancia, y con ese cargo en la conciencia, decidimos adoptar un perro como para pagar nuestra culpa de haber dejado escapar a nuestra primera experiencia canina. Elegimos pues (ilusos de nosotros), el asilo franciscano para perros para adoptar uno. Pero resulta que ese lugar es el menos indicado para alguien que quiere adoptar un can porque, aunque dice claramente en la entrada “Adóptame”, resulta prácticamente imposible para una familia común y corriente poderse llevar un can a casa.

Pero nosotros no lo sabíamos y fuimos a caer de lleno a la boca del perro. Al entrar nos recibió la directora del asilo que es algo así como la madre teresa de los perros y después de dejarnos bien claro su amor por esos animales (conoce los nombres de los 2000 perros y besa en la boca a todos los que se dejan), los cuales afirma están por arriba incluso de su esposo (tiene 20 perros en casa), nos indicó que si no podíamos ofrecerle a cualquier perro mejores condiciones de las que tenía en el asilo que mejor los dejáramos ahí (¿Quién va a tener 18 hectáreas de jardín en su casa?).

Como nos manteníamos firmes en nuestra convicción de adoptar, comenzó a recomendarnos perros, “Por que no se llevan a Margarito” nos dijo “le falta una pata pero el no lo sabe” “O que tal Pipiolo” insistió “aunque no tiene un ojo ve bastante bien y oye muy bien con la oreja que le queda”. Rápidamente nos dimos cuenta que quería enjaretarnos a un perro con capacidades diferentes o de la tercera edad perruna, que no tienen absolutamente nada de malo, pero creemos que esos perros son para adultos y no para niños como es nuestro caso. ¿Porqué no aquel?, pregunte inocentemente: ¿Cuál? Genoveva, no hombre, esa llegó desde cachorra aquí y le tenemos mucho cariño ¿Y ese otro? No ese no les conviene porque no le gustan los niños, total que los que estaban mas o menos de buen ver tenían algún pretexto.

Después del recorrido de rigor nos pasaron a algo así como los separos y entonces comenzó el interrogatorio ya mas en forma, cuando llegamos a la pregunta ¿Y que le pasó a su anterior perro? Inocentemente contestamos con la verdad “Se nos escapó” . Ahí se acabó el romance, la madre nos dio un discurso acerca de las responsabilidades que se adquieren al adoptar un animal y nos recitó algo así como la epístola de Melchor Ocampo versión can: “Querer al can como la parte mas delicada de tu ser…” Y sin darnos cuenta nos fueron acercando a la puerta y con un “nosotros les avisamos cuando tengamos un perro adecuado para ustedes” nos sacaron.

Mi mujer quedó bastante molesta y con razón, porque si por accidente se nos escapó la anterior, no quiere decir que vamos a dejar ir a todos los demás “¿Pues que soy pendeja o qué? Me decía enojada.

Y así resultó nuestro intento de darle hogar a un perro. Claro que al día siguiente fuimos a la veterinaria y compramos uno (los niños no esperan) y no nos pusieron ningún pero ni nos preguntaron nada. Ni modo eso nos pasa por estar en el buró de crédito canino.

Lo que no sé, es que van a hacer en ese asilo cuando ya no quepan los perros y los benefactores se cansen de mantener ahí, a los perros que no le caben en su casa a esta bendita señora.